La iniciación

La bandera del desafío había sido plantada y Tarkan aguardaba en los médanos la llegada de su adversario, mientras engrasaba la punta de oro de su lanza. Había llegado a la mayoría de edad y completado los entrenamientos. Ahora debía pasar su Prueba para dejar de ser un Aprendiz y convertirse en un Guerrero. El Pueblo de la Costa era conocido por sus excelentes peleadores, y la guerra era el mejor de sus negocios. En el Continente siempre había guerras.

La Prueba para convertirse en Guerrero consistía, por supuesto, en un combate. Pero no contra uno de su gente o tan siquiera de su raza. Debía batallar en duelo singular contra un octópido. Desde antes de que se tuviera memoria, los Aprendices de la Costa se habían batido a muerte contra el pueblo de criaturas marinas en luchas de uno contra uno. Nunca había habido guerras entre ellos y si bien en épocas de escasez habían llegado a disputar regiones de pesca, era extraordinariamente raro que esas disputas acabaran en batallas.

Los octópidos se llamaban así porque tenían ocho largos brazos que no terminaban en manos. Eran un pueblo inteligente, pero su cultura era un misterio para los hombres y mujeres de la Costa. Su piel podía cambiar de color y podían camuflarse a la perfección con su entorno. No tenían destreza para tallar piedra ni huesos, y mucho menos para los metales. Aunque algunos usaban como armas pedazos de madera putrefactos, con puntas afiladas, que traían consigo desde el fondo del mar, el verdadero peligro de esa raza radicaba en las ventosas dentadas que se hallaban a lo largo de sus ocho extremidades. En el agua, un octópido podía aniquilar a cualquier Guerrero en cuestión de segundos, pero en tierra no eran tan hábiles y, aunque podían permanecer durante horas fuera del mar, necesitaban valerse de al menos cuatro de sus tentáculos para desplazarse, lo cual limitaba mucho su capacidad de combate. Además, aunque sus brazos eran muy fuertes, su cabeza era blanda y gelatinosa. Tarkan sólo necesitaría un lanzazo bien colocado para liquidar a su rival, pero debía hacerlo con la menor cantidad de Marcas posibles.

Las ventosas de los octópidos desgarraban la piel de los Aprendices allí donde se posaban, dejando terribles cicatrices circulares que marcaban a los hombres de por vida. El valor de un Guerrero estaba definido por la cantidad de Marcas en sus cuerpos: cuantas menos heridas circulares tenía éste, significaba que mayor había sido su habilidad durante el Duelo. Tarkan pensaba ponerle un alto precio a su piel y no permitir que el octópido apoyara siquiera una de sus ventosas en ella.

Cuando el joven fue considerado digno por sus maestros, el Concilio de su pueblo clavó la bandera del desafío en la playa. Tarkan era una promesa y toda su gente anticipaba que sería un gran guerrero. Una vez presentado el estandarte, la aldea esperaría pacientemente a que un octópido lo retirara, aceptando el Reto. El joven Aprendiz apenas conseguía controlar las ansias de blandir su lanza y hundirla en la suave cabeza de la criatura. Tras ello, reclamaría el pico córneo del octópido, como prueba de su destreza. Y luego, podría recorrer el mundo y matar a muchas criaturas. Ganaría renombre y volvería a su pueblo después de muchos años, trayendo riquezas, honor y gloria a su gente.

Imaginando todo aquello, Tarkan iba día tras día a los médanos para ver su bandera. Cada amanecer esperaba ver el mástil vacío, pero cada amanecer el estandarte seguía allí, ondeando de forma insultante. La espera de los Aprendices solía ser de apenas un par de días. Pero, pasado el tiempo habitual, ningún octópido había recogido su paño. Los días siguieron pasando y la ansiedad de Tarkan se transformó en ira. Fue al mar y clavó su lanza en las olas, gritando insultos contra la cobardía del pueblo marino. Pero todo fue en vano. Ningún octópido salía a su encuentro.

Su propia gente comenzaba a murmurar a sus espaldas sobre el mal augurio que aquello representaba, y la ira de Tarkan pronto se transformó en desesperación. En el día número quince, el estandarte aún flameaba impune. El cielo rugía con la tormenta próxima y los ánimos del Aprendiz eran tan grises como el firmamento sobre su cabeza. Pero entonces, lo que más deseaba ocurrió. De entre las olas emergió su octópido: un inmenso guerrero rojo, que se arrastró velozmente sobre la arena utilizando sus múltiples extremidades. Con parsimonia, alzó uno de los tentáculos hacia la bandera y tironeó de la misma, desgarrándola y arrojándola al viento.

Los aullidos de alegría de Tarkan notificaron a todo su pueblo, y las gentes dejaron sus quehaceres para acudir a los médanos y presenciar la batalla del Aprendiz. Pero todos quedaron atónitos viendo cómo el octópido, tras aceptar el desafío, volvía al agua con total desfachatez. Tarkan también vio aquello con desesperación e inició una enloquecida carrera para alcanzarlo. "¡No puedes irte!", vociferaba el joven, al tiempo que clavaba la vista en el lugar exacto donde la criatura había desaparecido entre el oleaje: "¡Ven y pelea!". Pero para cuando llegó a la rompiente, blandiendo su lanza, ya no había rastros de su contendiente.

La angustia anidó en su pecho y sus lágrimas empujaron detrás de sus ojos. Llevaba días de mal dormir y mal comer. En ese momento, la marea cubrió sus tobillos y entonces una certeza aterradora lo asaltó: era una trampa. Como si el agua estuviera hirviendo, el joven saltó hacia la arena seca y se puso en guardia, esperando que la criatura saliera de su escondite acuático y lo atacara por sorpresa. ¡En su locura había estado a punto de meterse en el mar! "Bicho listo" pensó para sí mismo. "Casi caigo". Con su arma preparada, Tarkan fijó su mirada en las olas y la espuma, listo para recibir a su enemigo. El cielo tronaba con fuerza y tras unos pocos minutos, una lluvia torrencial se descolgó de las nubes.

Las gotas pesaban en sus pestañas y lo obligaban a parpadear con fuerza mientras escrutaba el oleaje. La explosión del diluvio y los truenos apenas lo dejaban escuchar algo. Y entonces su instinto volvió a asaltarlo: fue una electricidad en su nuca lo que lo advirtió. Sus pelos, su cuerpo lo supieron antes que él. Pero fue muy tarde para reaccionar, pues la criatura marina lo sorprendió por la espalda, del lado del continente, y atrapó la parte trasera de su lanza antes de que él pudiera mover un solo músculo. Tarkan se volteó para ver a su oponente y apenas pudo distinguir una masa informe de arena, azotada por el diluvio. Pero en esa mole color playa, el Aprendiz adivinó la silueta del octópido. La mente de Tarkan intentaba procesar a toda velocidad el desarrollo de los acontecimientos, pues no entendía como aquel ser había aparecido por detrás. ¿Se había cubierto de arena? No, ¡era su piel! ¡Su tegumento se había camuflado con el paisaje! Un segundo más tarde sus cavilaciones fueron interrumpidas por un dolor profundo que estalló en su muslo derecho. El Aprendiz bajó la vista y se dio cuenta de que uno de los brazos color arena del octópido se había enroscado allí. Tarkan intentó tirar de su arma, pero el monstruo la sujetaba con tenacidad. Entonces decidió darla por perdida y desenvainar su cuchillo de hueso. Pero su cerebro había tardado demasiado intentando comprenderlo todo, y dos nuevos tentáculos sujetaban ya sus brazos, dejándolos inmóviles. El terror le atenazó la garganta, al tiempo que nuevos brazos del octópido se le enroscaban en sus piernas y su abdomen.

Cuando se supo vencedor, el guerrero marino abandonó por completo su camuflaje y todo su cuerpo se pintó de un rojo brillante. Erguido sobre sus múltiples extremidades, era tan alto como el muchacho. Este último sentía cómo su piel se desgarraba bajo las ventosas del octópido y alcanzó a imaginar que tendría muchas Marcas en su cuerpo. Aquel fue su último pensamiento, pues un instante más tarde la criatura le hundió la punta de oro de su propia lanza en el corazón.

Uctptp se deslizó vencedor bajo la lluvia, de vuelta hacia la rompiente. Una vez sumergido, fue recibido por los suyos, quienes contemplaban anhelantes el resultado del duelo. Ahora, felicitaban a su guerrero vitoreando con vivos patrones de sus cuerpos en un despliegue multicolor. El plan de Uctptp había sido un éxito. Había jugado con la mente del primate, dilatando el momento de aceptar el reto, esperando por aquel chaparrón que escondiera sus movimientos en el fragor del diluvio. Él nunca había entrado al mar, sino que se había camuflado en el último segundo aprovechando el espejismo generado por la espuma de la rompiente. Había cambiado sus colores y se había vuelto uno con la arena. De esta forma se había mantenido en la playa, invisible, mientras su rival centraba su atención en las olas. Y así, lo había sorprendido por el punto ciego que los simios tenían en su dorso. Y había vencido, reclamando la lanza con punta de oro, como prueba de su destreza.

Ahora era un guerrero, recorrería los mares y podría matar a muchas criaturas, trayendo riquezas, honor y gloria a su pueblo. El Pueblo de los Mares era conocido por sus excelentes soldados, por lo que la guerra era la mejor de sus artes. Y en el Océano siempre había guerras.